Mounting problems behind Chávez’ victory (Spanish and English)

El 7 de octubre, Hugo Chávez salió reelegido como presidente de Venezuela con un 55,4% del voto popular. Henrique Capriles Radonski, candidato de la oposición, recogió casi el 45%, o sea más de 6 millones de votos.

Por Mike González (English translation below)

Según la prensa extranjera, Capriles montó una gran campaña –es decir, una campaña moderna y efectiva, con amplios recursos publicitarios. Hizo todos los intentos posibles por representarse como algo nuevo: joven (relativamente hablando), en buena condición física, buen aspecto, relucientemente blanco. La novedad consistía en una derecha que promete mantener elementos del programa de gobierno de Chávez en lo que a servicios sociales se refiere, y de ofrecer un capitalismo más suave (incluso blando, dice). O sea, algo distinto del neoliberalismo que tantos estragos ha hecho con América Latina desde la década de los noventa.

La realidad, sin embargo, es que la coalición que encabeza Capriles era bien conocida y su estrategia claramente neoliberal. Se hubiera tratado del regreso al poder de una burguesía que sacó provecho durante casi un siglo de su relación con el imperio del norte, que disfrutó el boom petrolero y el consumo ostentoso que les aseguraba. Se trata de la misma burguesía que, desde la llegada de Chávez a la presidencia, ha movilizado todos sus recursos para destruir su gobierno y sabotear las iniciativas que, con todos sus fallos, dirigían por lo menos una parte de las ganancias petroleras hacia el pueblo, un pueblo que sufrió directamente el impacto del neoliberalismo. En febrero de 1989, el entonces presidente, Carlos Andrés Pérez, impuso un programa de ‘ajustes estructurales’, exigidos por el Fondo Monetario Internacional, que recaían sobre las mayorías de forma brutal. La respuesta fue el Caracazo del 27 de febrero de 1989, una explosión insurreccionaria del pueblo que culminó con una represión que dejó un saldo de 3.000 muertos (aunque el gobierno dijera que eran 300), enterrados muchos de ellos en fosas comunes. Lo importante del asunto es que Pérez acababa de ser re-elegido en base a una promesa de montar resistencia a las exigencias del Fondo y el Banco Mundial. Es exactamente lo que se podía esperar de un Capriles cuyos aliados entonces y ahora son los enemigos acérrimos del pueblo.

La misma burguesía venezolana ha peleado sin descanso contra el proceso político que se puso en marcha en 1998. En 2001 intentaron paralizar la economía; en 2002, en un intento de golpe encabezado por altos mandos militares junto con la organización de los empresarios, Fedecámaras, se secuestró a Chávez. Si duró sólo 48 horas es porque el pueblo tomó las calles en una movilización de masas que mostró su fuerza, pero también sus esperanzas de profundos cambios. Chávez regresó. En el mismo año, la burguesía volvió a movilizarse en un paro patronal que, de haberse realizado, hubiera destruido la industria petrolera, que es decir la economía entera. Duró tres meses, y si fracasó fue por la iniciativa y la resistencia del pueblo, que mantuvo en marcha la producción petrolera. El paro patronal fue violento. Y ahí aparece Capriles, entre un gentío buscando destruir la embajada cubana y cortando el agua y la electricidad a los que seguían dentro del edificio. Eso en el 2002-3. Es el mismo Capriles Radonski de ahora.

Aunque los voceros oficiales insistían en que subiría el voto a Chávez, y pese a una larga campaña respaldada por inmensos recursos, en realidad ha sido el voto más bajo que ha recibido desde 1998. El chavismo ha hecho hincapié en las esperanzas expresadas en 2002, identificándose con la memoria colectiva del Caracazo y la movilización de masas que simboliza. De allí que siga con el apoyo incondicional de la mayoría. Pero la realidad de Venezuela es que, aunque se cambien los nombres de los ministerios a Ministerios del Poder Popular, y aunque el discurso de los políticos y los gobernantes recurra siempre a un lenguaje revolucionario, socialista, popular –reforzado por el atuendo rojo ubicuo–, Venezuela está lejos de la revolución prometida. Por muchas razones históricas, Chávez sigue encarnando la esperanza revolucionaria para una gran mayoría. Sin embargo, es un apoyo a un personaje que de alguna manera flota por encima de una realidad que pone en jaque cada vez más esa promesa.

Uno se pregunta de dónde viene la rabia de la burguesía. A pesar de 14 años del proceso, no se han tocado sus intereses. No ha habido redistribución del ingreso. Si bien es cierto que los programas sociales (las Misiones) pusieron amplios recursos en los servicios de salud, de educación, de vivienda, eso no fue a expensas de la clase capitalista; se financió con el excedente petrolero. Y quien viaje a Venezuela con los ojos abiertos no puede dejar de ver el consumismo conspicuo de la burguesía en los centros comerciales, los restaurantes, las casas y edificios con guardia permanente, y los cuatro por cuatro con vidrio ahumado que circulan a velocidad por las calles.

¿Y el poder popular? Si se preguntara a los sindicalistas de Mitsubishi, del metro de Caracas, de Sidor en Ciudad Guyana, contarían una experiencia durísima, atacados por sicarios y muchas veces por la policía nacional cuando ejercen su derecho de huelga por un lado, por otro denunciado por contrarrevolucionarios desde el estado. Si bien es cierto que este año se promulgó una nueva ley del trabajo –después de 14 años–, queda por verse hasta dónde ésta informará la práctica del estado y el empresariado. Y si se preguntara a los herederos del Caracazo, los que luchan por transformar la vida de las masas, dirían que todo se dirige desde arriba, que sus luchas se enfrentan cada vez más con un estado que las caracteriza de indisciplina y reto al orden público, sean campesinos luchando por sus tierras, sean comunidades de los barrios exigiendo que les lleguen los servicios prometidos. Porque la realidad es que el estado chavista se ha convertido en un aparato de poder que se dedica a frenar toda iniciativa popular, incorporando a líderes de base por un lado e incluso reprimiendo las iniciativas populares a escala local por otro. Mientras los servicios se deterioran y las promesas se empiezan a incumplir –en materia de vivienda por ejemplo, no se ha pasado del 25% de las casas prometidas–, la riqueza ostentosa e insultante de los burócratas es incalculable. La nueva burocracia del poder (algunos de ellos sobrevivientes de la anterior), con gorro y camiseta rojos, se ha convertido en una nueva clase dirigente que manda y se enriquece en nombre de un pueblo que debe aceptar la escasez, una inflación que pasa del 30% anual en términos reales, y la imposición de voceros sin oportunidad de elegirlos directamente. El pueblo lo sabe y comenta en voz alta su corrupción rampante.

Y, sin embargo, esas masas dieron su apoyo otra vez más a Chávez. Ellos saben qué es realmente la derecha y quién es Radonski, detrás de su máscara sonriente. Él es el portavoz de un odio de clase que, de llegar al poder, buscaría una venganza terrible y devastadora. Chile en 1973 nos mostró cómo se comporta una burguesía que ha visto la fuerza real del pueblo. Este pueblo ha visto las posibilidades de cambio, y ha invertido sus esperanzas en la figura de Chávez. Hoy día, un voto por Chávez es una reafirmación de esas esperanzas y ese deseo de cambio, al mismo tiempo que un rechazo contundente a la derecha.

Pero ¿ahora, cumplidas las elecciones? La burocracia tomará la victoria de Chávez como una luz verde para seguir enriqueciéndose, como un aval a su poder. Se equivocan. Dentro del chavismo se están disputando ya el relevo. El elegido parece ser Diosdado Cabello, cuya lista de cargos es demasiado larga para reproducir aquí. Es también uno de los hombres más ricos de Venezuela (si no el más rico) cuyos caudales son fruto de su papel en el estado chavista. Podrá tomar las riendas del sistema desde el poder, pero él no es Chávez, y mucho menos representante de la voluntad de cambio revolucionario al que aspiran muchos de los que se llaman chavistas. Al contrario, Cabello es ejemplo vivo de las contradicciones internas al chavismo, entre aquel pueblo organizado desde abajo y la nueva burocracia. Sin Chávez su control se volverá cada vez más represión y el pueblo tendrá que organizarse de nuevo, independientemente de las instancias del poder. Pero esto se tiene que preparar desde hoy. Los socialistas, muchos de ellos peleando sinceramente dentro y desde el chavismo, se dedicarán desde ahora a trabajar desde las bases, creando la capacidad de actuación y rescatando el socialismo (teoría y práctica de las clases trabajadoras que se transforman en protagonista de su propia historia) de manos de los que tratan de redefinirlo como protagonismo de un estado que actúa de parte y en ausencia de ellas, y cada vez más en sus propios intereses.

Mike Gonzalez es militante del Socialist Workers Party, organización hermana de En lucha en Gran Bretaña y ha sido profesor en la Universidad Bolivariana de Venezuela. Publicado en En Lucha.

English translation:

On 7 October, Hugo Chávez was re-elected as Venezuelan president with 55.4 percent of the vote. Opposition candidate Henrique Capriles Radonski received almost 45 percent, or more than 6 million votes.

By Mike Gonzalez

According to the international press, Capriles mounted an impressive campaign – one that was modern and effective, with ample publicity. He used every opportunity to present himself as something new: young (relatively speaking), in good physical shape, good looking, gleamingly white. This novelty consisted mainly of a right wing campaign that promised to maintain elements of the social programs of the Chávez government, offering a softer version of capitalism. This meant something different from the neoliberlism that has brought such misery to Latin America since the nineties.

However, the reality is that the coalition that Capriles headed was well known and its strategy thoroughly neoliberal. Its victory would have meant the return to power of a bourgeoisie that had profited for almost a century from its close relationships with the empire to the North, and had enjoyed an oil-driven boom with all the luxurious consumption this had guaranteed. Since Chávez gained the presidency in 1998, this same bourgeoisie has mobilized all its resources in order to destroy his government and sabotage initiatives that, for all their shortcomings, at least transferred part of the profits of the oil industry towards the people.

The population has had its share of suffering from the impact of neoliberalism. In February 1989, then president Carlos Andrés Pérez announced a program of ‘structural adjustments’ demanded by the IMF. These measures rained down on the majority with brutal force. The popular answer was the Caracazo of 27 February 1989, an insurrection of the people that culminated in repression that left 3000 death (300, according to the government), many buried in mass graves. The importance of this is that Pérez had gained his re-election on the basis of a promise to mount resistance to the demands of the IMF and the World Bank. That is exactly what could be expected of a Capriles, whose allies then and now are the vicious enemies of the people.

The same Venezuelan bourgeoisie has fought without tiring against the political process that started in March 1998. In 2001, it tried to paralize the economy. In 2002 it attempted a coup, headed by the high command of the army together with the bosses organization Fedecámaras, abducting Chávez. That this attempt only lasted 48 hours was for no other reason than that the people took the streets in a mass mobilization that showed its force, but also its desire for real change. Chávez returned. The same year, the bourgeoisie continued to mobilize in a bosses’ strike which if successful would have destroyed the oil industry, and with it the entire economy. The lock-out lasted three months, and again was broken only by the initiative and resistance of the people that kept oil production going. The bosses’ lock-out was violent. And here Capriles first appeared, amidst a crowd that sought to destroy the Cuban embassy and cut off the water and electricity for those who remained in the building. This was 2002-2003, and Capriles Radonski is still the same person.

Although official spokespeople of the government insist that the vote for Chávez grew, in reality, despite a large campaign backed up by immense resources, the vote he received was much lower than any since 1998. Chavismo achieved its vigour through the hopes that were expressed in 2002, and became identified with the collective memory of the Caracazo and the mass mobilizations that it symbolized. That is why it could move forward with the unconditional support of the majority. But the reality of Venezuela is that although the names of the government departments were changed in Departments of People’s Power, and although politicians use a language that is revolutionary, socialist, and popular – reenforced by the omnipresent red attire – the country is still very far away from the promissed socialist revolution. For various historical reasons, Chávez continues to embody the revolutionary hopes for a large majority. Without a doubt, this is helped by his personality that somehow manages to float over a reality that puts this promiss more and more in danger.

One has to wonder where the real hatred of the bourgeoisie comes from. After 14 year of this process, its interests still remain largely unharmed. There has not been a redistribution of revenues. Certainly the social programs (the Misiones) have provided large resources for healthcare, educacion, and welfare, but this has not been at the expense of the capitalist class; it has been funded by the surge in oil profits. And whoever travels to Venezuela with open eyes cannot fail to notice the conspicious consumption of the bourgeoisie with its shopping centres, restaurants, the permanently guarded houses and estates, and the fourwheel drives with tinted windows that speed through the streets.

And what about popular power? When you pose this question to trade union members in Mitshubishi, the Caracas metro, or the Sidor steel plant in Ciudad Guayana, they speak of the harshest experiences – on the one side of attacks by company goons and often by the national police when they make use of their right to strike, and on the other of being denounced as counterrevolutionaries by the state. Certainly, a new labour law has been proclaimed – after 14 years – but it remains to be seen how much this will affect the practice of the state and enterprises. And when you ask the same question to the heirs of the Caracazo, those who fight to transform the life of the masses, they will say that everything is directed from above. Their struggles more and more often are confronted by a state that characterizes their fights as lack of discipline and as challenges to public order, whether it is the struggle of peasants for their land, or of communities in the barrios who demand the public services that were promised to them.

For the reality is that the state has been transformed into an apparatus of power, that dedicates itself to a slow down of all popular innitiatives, incorporating the leaders of grass root movements on the one side and strangling the popular initiatives at the local level on the other. While public services deteriorate and promises remain unfulfilled – in housing for example, only a quarter of the promised houses has been built – bureaucrats grow visibly and insultingly rich. The new bureaucracy in power (some of which consist of survivors of the previous governments), with red caps and shirts, has converted itself into a new ruling class that governs and enriches itself in the name of a people that has to accept shortages, yearly inflation above 30%, and the imposition of unelected spokespersons. The people know this, and complain loudly about rampant corruption.

Without a doubt the masses have given their support once again to Chávez. They know what the right represents for real, and they know Radonski, despite his mask. He is the mouthpiece of a class that, when it returns to power, will search horrible and devastating vengence. Chili in 1973 tells us how a bourgeoisie that has seen the real power of the people behaves. The people has experienced the possibility of change, and has turned its hopes towards the figure of Chávez. The victory of Chávez was a reaffirmation of those hopes and desires for change, as well as a resounding blow for the right.

But what next, after the elections? The bureaucracy took the victory of Chávez to be a green light to continue enriching itself, as a sign of its power. This is a mistake. Inside the Chávez-camp, there is already a discussion about the succession. The main candidate seems to be Diosdado Cabello, whose baggage is large enough to summarize here. He is also one of the richest of Venezuela (if not the richest) whose good returns are the fruit of their position within the state. He could take over the reins of power, but he surely is not Chávez, and much less a representative of the will for revolutionary change that many who call themselves chavistas still hold. On the contrary, Cabello is the living example of the internal contradictions of chavismo, between the organized people at the base and the new bureaucracy at the top.

Without Chávez controling these contradictions will require more and more repression, and the people will have to organize anew, independently of those in power. But that has to be prepared already today. The socialists, many of whom fight sincerely as part of the Chávez movement, should dedicate themselves from now on to work from the grassroots, creating the capacity to rescue socialism – the theory and practice of the working class that transforms itself into the maker of its own history – from the hands of those who try to redefine it as the instrument of a state that more and more serves its own interests.

Mike Gonzalez is a member of the Socialist Workers Party, and has been professor at the Universidad Bolivariana de Venezuela.

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